domingo, 14 de agosto de 2011

El hombre que no quería votar

El hombre que no quería votar tenía tres dedos.
Tres dedos y un ojo.
El hombre que no quería votar tenía muchos motivos para estar triste.
Pero tenía también muchos motivos para ser feliz.
El hombre que no quería votar tenía nueve hijos.
De sus nueve hijos, ocho tenían una virtud superlativa porque cuando nacieron el cónclave de hados los había dotado superlativamente.
Menos al último.  El último de sus hijos nació en día de elecciones y los hados no lo dotaron de ninguna virtud en especial porque no estaban disponibles.  Es que estaban todos obligados a votar en las elecciones libres del mundo de los hados y allí fueron, a ejercer obligatoriamente su libertad.
Así es que de los nueve hijos del hombre que no quería votar ocho se destacaban por una virtud especial y el último carecía de una cualquier virtud superlativa.
Pedro, el primero, como su nombre lo indica era una roca de hombre, un hombre confiable.
Diego que era el segundo era alegre y generoso.  Sabía reírse y cada vez que podía hacerlo lo hacía.
Lucía, que era la tercera, tenía la virtud de la belleza y la amabilidad, y andaba siempre colaborando en cuanta causa la convocara.
María,  la cuarta, era buena, y su bondad abría  todas las puertas.
Santiago era el quinto, y su virtud era la fuerza.  Desde pequeñito fue fuerte y supo ponerle el hombro a a todo.
Sofía era la sexta y su virtud era la inteligencia.
Mateo era el séptimo y su virtud era la imaginación.  El inventaba.
Juan era el octavo y su habilidad era la comunicación, el podía comunicarse con personas y pájaros, con extranjeros y con gente de la tierra.  Su virtud era la palabra.
Y el noveno no destacaba en nada.  La escuela le costó lo suyo.  Bonito no era.   Por fuerte no se destacaba.  Por trabajador menos.  No era especialmente bueno en nada de nada. Y no era especialmente malo.  No era especialmente imaginativo.  No era especialmente generoso.  No era especialmente divertido.  No era especialmente nada.
Pero era sí, él candidato.   Era un  hombre del momento.  Un ganador.
Y su padre era el hombre que no quería votar.
Decían que no quería votar porque tenía tres dedos y solamente un ojo y eso lo había vuelto raro, pero no era verdad.  El hombre, muy sencillamente, no quería votar.
Cuando llegaban las elecciones el hombre de los tres dedos siempre tenía algo que hacer.  Un viajecito a a Alaska, la donación de un riñon, una cita impostergable en Jujuy, siempre alguna cosa que le impedía acercarse a las urnas y votar por su hijo el candidato.
En las primeras cinco elecciones el hijo lo perdonó,  después de todo su padre, como miembro honorario del INCUCAI, le sumaba votos.
Pero cuando se postuló a gobernador y el padre dijo que no iba a estar para las elecciones porque tenía un compromiso impostergable en la base Marambio, ahí se armó la gorda.
Noveno gritaba en la cocina, el padre en el living y la madre un poco en cada lado.
Es que Noveno reclamaba su derecho al voto paterno, el voto que se le negaba.
Pero el hombre que no quería votar reclamaba su derecho a no votar y le explicaba a su hijo Noveno que solo tenía tres razones para no votar.
Noveno caminaba de la cocina al living como un  loco, le reprochaba al padre su ausencia de virtudes, a la madre el haber nacido un día de elecciones que había impedido la visita de los hados, a sus hermanos la incapacidad de hacer entender a su padre la importancia del voto.
Y su padre insistía que nada de eso tenía que ver con su decisión de no votar porque solo tenía tres razones para no hacerlo y ninguna tenía que ver específicamente con su hijo el candidato.
Noveno se negaba a escucharlo.  - Si ni siquiera mi padre quiere votarme - decía - cómo puedo pedirle el voto a la ciudadanía.  - A las personas - decía su papá. Pero Noveno no escuchaba. 
- Si mi padre me niega su apoyo - decía - quien podría confiadamente apoyarme. - Nadie puede  apoyar confiadamente a nadie - decía su padre. Pero Noveno no escuchaba. 
- Si mi padre no acude a las urnas - decía - cómo podré ir yo con la frente en alto el día del acto eleccionario.  - No es cuestión de ir con frente alta, es cuestión de llevar el corazón - decía por lo bajo su papá. Pero Noveno no escuchaba. 
Al final fue tanto el escandalo y el griterío que terminó reunida toda la familia.
Pedro, Diego, Lucía, María, Santiago, Sofía, Mateo y Juan, Noveno, papá y mamá.
La abuela también vino y se quedó en un rinconcito,  elegante y callada porque ya no estaba lúcida.  En realidad, dijo la tía Ana, ya hacía mucho tiempo que estaba de la otra manera.
- Y bueno - dijo papá -  Este chico siempre fue muy caprichoso, quiere que lo vote.
- Papá - dijo Pedro - hay que darle a nuestro apoyo, al menos yo pienso darle a mi hermano mi voto pleno.
- Papá - dijo Lucía - nadie en esta familia puede dejar de votarlo.
- Papá - dijeron los otros seis - hay que votarlo.
- Yo lo voto - dijo su mamá - a primera hora estaré ahí.
- Pero yo no quiero votar - dijo su papá - me niego a votar por mi hijo o por cualquier otro.
- Explicame tus razones - dijo Noveno  hablando como desde la tribuna, como siempre hablaba Noveno.
 El pobre padre, un poco achicado ante tanto hijo empezó con su explicación.
- Primero - dijo el hombre que no quería votar tocando con el muñon de la mano izquierda el dedo mayor de la mano derecha - no me gusta que me manden.
- Segundo - dijo tocando con el muñon de la mano izquierda el dedo anular de la mano derecha - no me gusta que no me escuchen.
- Tercero - dijo tocando con el muñon de la mano izquierda el dedo meñique de la mano derecha - no me gusta que alguien diga que me entiende cuando no puede entenderme. 
-  Y no tengo más razones - dijo el hombre que no quería votar y que tenía tres dedos y era el padre de Noveno, el candidato.
- Papá - dijeron sus ocho hijos a coro - son las reglas de la democracia. - HAY QUE VOTAR.
- En el peor de los casos presentate y votá en blanco - dijo Noveno - es un derecho constitucional y así no me hacés quedar mal. 
El padre los miró a los ocho.  Con su único ojo azul los miró a todos y a uno por uno atentamente. -
- ¿Es mi derecho tener la obligación de elegir? - dijo el padre - me cacho en diez, ya tengo otra razón para no querer votar. No quiero tener la obligación de equivocarme. 
Inmediatamente  empezó a sentir una picazón en la mano derecha y a los diez minutos ya tenía un dedo índice en crecimiento.  Es que el hombre con un solo ojo ahora tenía cuatro razones para no querer votar.
- Votame - dijo Noveno - y en cuatro años vas a tener diez dedos y hasta un ojo vas a tener.  Diez y una razones para no querer votar.
Ya lo dijimos Noveno no era ningún virtuoso, pero quería mucho, muchísimo a su papá y estaba dispuesto a darle otras siete razones para no votar. 



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