El vasco Sarasola
No me lo tengo que imaginar porque lo tengo enfrente. La camisa blanca transparente a fuerza de lavadas. Igual está sucia porque el vasco es un desharrapado.
Un desharrapado con acento de duque danés desterrado en la pampa bárbara. Un acento tan extranjero como argentino es él, y un vocabulario precioso, de escritor.
Hace un frío de cagarse pero el vasco no abandona las alpargatas. Esta vez son violetas y como ofrenda al invierno se puso unos medias azules con rombos blancos.
Nunca lo vi con una campera o un pullover. Hoy no es la excepción, la camisa blanca nomás, medio desabrochada y bien tirante por el lado de la panza que le empuja los botones pero no alcanza a abrirla.
El vasco es medio pelirrojo y se la piel entre blanca y rosada le reluce a través de la camisa gastada.
El pelo debe haber sido más rubio que rojo y ahora se lo peina con raya al costado, aunque solo le quede una muestra escasa. Y aunque son tres pelos igual lo tiene alborotados.
Cuando habla mueve las manos, unas manos de dedos cortos y habilidosos, curtidos de campo y motores, y los gestos tienen el mismo acento que la voz, una cadencia danesa, un poco lenta.
Está sentado en una silla baja, tal como corresponde en la cocina de campo con heladera de almacén antigua, una heladera de esas de cuatro puertas, de madera de roble, que se cierran con un sonido clack seco y firme.
El vasco mira serio a Soledad que a su vez lo mira con esos ojitos chicos, como de china. Esos ojitos medio inexpresivos que te miran fijo pero te dicen poco o nada.
Le habla y acompaña la charla con el gesto de un dedo admonitorio, que quiere decir que es un gesto que amonesta, advierte o exhorta, es decir un gesto que da un reto serio, como de abuelo.
Ella lo mira como entendiendo, pero vaya a saber si entiende, aunque el vasco piensa que si. Porque Soledad hace lo que se le antoja pero porque es su naturaleza, piensa el vasco, que anda en alpargatas en pleno invierno pero que piensa, vaya si piensa, en términos filosóficos.
El vasco cree que Soledad va a hacer siempre lo que se le antoje pero no puede hacer nada por sacársela de encima. Es que Carlos le pidió que la cuidara cuando se fue del campo de enfrente echado por las desgracias del Banco de la Puta Nación y la 1050 y todas sus primas. Historia de chacareros a los que la soja disfraza ahora de oligarcas.
Pero la cosa es que Soledad tenía que ir a parar a algún lugar y el vasco no tuvo corazón para negarse y la aceptó en su campo y ahora la muy desgraciada lo metió en líos con el vecino. Por quinta vez.
Esta vuelta se metió por el alambrado a robar maíz la muy sotreta. Desorejada, le dice el vasco, como si acá no comieras lo suficiente. Nunca estuviste tan gorda le dice le vasco, ni tan sucia, agrega, y se pone atrás de la oreja los tres pelos que le quedan porque aunque sea poco lo usa un poco largo.
A veces me dan ganas de matarte, dice. Morir joven hubiera sido tu destino si no fuera por Carlos, dice.
Ella lo mira con los ojos de china y se le arrima, buscando una caricia, pero no está el vasco para caricias justamente. Ella insiste, se pone cerca, lo acorrala.
Correte, le dice el vasco, me vas a tirar de la silla. No estás perdonada. Todo por unas mazorcas y has hecho un tremendo lío en el maizal.
El vasco dice has hecho un tremendo lío porque el vasco habla así, en pretérito perfecto y sin decir malas palabras, no como hablamos nosotros que le hubiéramos dicho «te mandaste una regia cagada, Soledad»
Al final el vasco le hace un gesto de vikingo medieval pero noble, eso sí, y la despide. Soledad entiende perfectamente y encara para la puerta. El vasco la ve caminar, gorda y lenta y piensa. Majestuosa, piensa, porque el piensa como habla, doscientos kilos debe andar pesando, qué pedazo de bestia.
Una herencia jorobada la de Carlos. Aguantarla hasta el mismísimo día que se muera. Pero ya no ha de faltarle tanto. Capaz que cuando se muera voy a extrañarla y todo, piensa.
Se imagina el entierro. Tremendo pozo habrá que hacer. Y va a tener que ocuparse él. Todos dicen que está medio loco por haberla aceptado hasta el mismísimo entierro.
Pero es que el sabe que Carlos la quería, la quería de verdad. Tuvo que abandonarla porque no le quedó otra. Ella lo acompañó cuando la mujer lo dejó solo en esa inmensidad que es la noche del campo.
Todos le decían por qué no se había buscado un perro, hubiera sido más práctico, decían.
Pero Carlos había visto que la madre la había ladeado, que ni la dejaba acercarse a la teta y la empezó a alimentar y se la quedó, y le puso de nombre Soledad porque vino para eso, para espantar a la Soledad del campo que es de lo más fulera. Y la verdad que cuando era chiquita era rosada y graciosa y mimosa como solo una chanchita puede serlo. Que creciera hasta convertirse en una bestia de doscientos kilos depredadora de maizales no es culpa de ella, es naturaleza pura, piensa el vasco. Aunque casi lo tira a la mierda cuando viene a buscar caricias, la muy bruta.