Merluza loca
No se sabe cómo pero la Merluza del arroyo recibió la visita de su prima, una merluza llegada del mismísimo antiguo continente.
Decían por ahí que había sido por instagran que la merluza europea había localizado a su prima de la pampa pero al final resultó que había sido por facebook porque el instagran era más complicado para las merluzas de cierta edad y en este caso la europea ya tenía muchos años y pocas escamas.
Y ¿para qué venir a un lugar tan recóndito y aburrido cuando uno vive en la vieja y próspera Europa?
Ella comentó que quería conocer América, cosa que es posible pero un poco extraña ya que un arroyo pampeano no es precisamente parecido al Hudson, que permite conocer Nueva York desde la orilla y ni siquiera el Río de La Plata que permite acercarse a la Buenos Aires de Borges o a la cola de novia de Montevideo.
Cuando en el arroyo le hacían notar estas cosas la vieja merluza intentaba explicar que la espantaban la contaminación del agua e incluso la tremenda contaminación auditiva de las grandes urbes.
—Hay que oír el rugido de los motores de las embarcaciones y el tembladeral de las aguas. Insoportable. Una siente que las vibraciones le recorren todo el cuerpo. Insoportable.
Y eso que la pobre para llegar a América había tenido que engancharse de la estela de un crucero hasta que al fin se cruzó con un velero de esos que cruzan el Atlántico en plan de aventura.
La cosa es que nuestra Merluza (la local) no tuvo otro remedio que recibirla en el arroyo de agua dulce que, como saben, pasa por atrás de la casa donde vivía el tío José cuando era José a secas.
Le preparó un cuarto confortable separado por una densa cortina de juncos y se preocupó por conseguir un menú variado, compuesto en su mayor parte por los vegetales que se desprenden de las plantas del río, pero se las arregló también para agregar granos de trigo que el viento deja caer sobre el agua después de arrancarlas de las espigas. «La cosecha del viento» la llaman en el arroyo, pero no es la única porque cuando cuando los chacareros cosechan el girasol el viento lleva al agua una lluvia de pepitas de girasol que los bagres perforan con dientes diminutos para venderlos semi procesados.
El problema es que la Merluza europea declaró que la comida autóctona no le gustaba porque era alguiriana estricta. Y ahí tuvo que rebuscársela nuestra merluza buscando algas carísimas que crecen en porciones diminutas en las piedras de la orilla, esas que están apenas sumergidas.
—Algariana estricta —comentó con cierto deje de sorna la Mojarra, a cuyo consultorio psicológico debió volver nuestra Merluza para soportar a su parienta.
—Deje de consentirla y va a comer de todo, no tengo dudas —aconsejó la Mojarra. —Come o se vuelve a Europa en la estala del primer barco que enganche, crucero, velero o lancha, como sea yo diría que no se vuelve así que ponga en la mesa lo que encuentre.
Ya se sabe que eso de poner en la mesa es pura metáfora, porque en agua la comida se suspende en un círculo prolijo intercalando vegetal y grano o incluso algún alga de las caras, y de ahí nomás se va comiendo.
Como eso de andar contando historias de merluzas innominadas da bastante trabajo es necesario aclara que la Merluza, la nuestra, se llama solo Merluza porque era única en el arroyo hasta la llegada de su parienta. Para evitar equívocos a partir de aquí es importante tener en claro que la Merluza es la nuestra y la otra pasa a ser llamada la Parienta.
Hecha esta aclaración que facilita sorprendentemente contar la historia hay que contar que la Merluza llegó el momento que quería comprarle una estadía en primera clase a su parienta. Tan insoportable le resultaba la extranjera. Por otra parte se sentía un poco culpable por ser egoísta, pero es sabido que no hay generosidad que aguante a los tiranos. Y la Parienta era toda una tirana.