El sapo del que hablamos era de la familia Evaristo. Como se sabe, los Evaristo, son una familia muy numerosa que vive en el cono Sur.
Y este sapo en particular vivía en el patio delantero de la casa de los bisabuelos López.
Siempre había querido conocer mundo y dejar huella en el mundo y es por eso que se había ido por el desagüe que daba a la calle San Martín y de allí a recorrer el mundo.
No se tuvieron de él más que noticias espaciadas que rápidamente se comentaban en el barrio. Así se supo por ejemplo que estuvo mucho tiempo viviendo en los Esteros del Iberá y que finalmente se estableció en el Delta, donde se habría casado con una Sapa tambén de apellido Evaristo, aunque no era parienta en ningún grado.
Un día el Sapo Evaristo volvió a San Martín 3455.
Es que se enteró de que la familia estaba volviendo y decidió, también él, volver al pago.
Entró por la misma canaleta por la que se había ido, cargado con una valijita verde que traía flotando sobre un camalote importado de Entre Ríos.
La Sapa Evaristo de Evaristo venía con él, envuelta en una pañoleta de líquenes que compró en un viaje al Sur.
Cargadísimos venían pero el resto de los petates se los traería más tarde un gaviotón que se dedicaba a las mudanzas.
Llegaron en septiembre, el mejor mes para llegar al patio de los bisabuelos porque es el mes en el que todas las plantas se desperezan. Es el mes de la primavera en el patio de los bisabuelos y en los patios de 7000 km. a la redonda.
El sapo Evaristo recorrió el patio despacio y en plena madrugada y con satisfacción constató que la cuneta era habitable, aunque también notó que ya no existía la bomba del patio y su fresco nimbeo.
- Ya lo solucionaremos - pensó, mientras media a trancos la distancia desde la cañería maestra hasta su casa.
El barrio había cambiado, indudablemente, pero no tanto. - El siglo XXI viene lento - pensó y dijo Evaristo que era de pensar en voz alta.
- En un tiempo creía que en el siglo XXI todo serían plataformas suspendidas y vehículos a colchón de aire - pensó y dijo Evaristo. - Pero acá estamos, en el mismo patio, mismo desagüe, y ha cambiado, eso sí, el color de las paredes, que se ve más brillante.
La sapa Evaristo, acostumbrada a oirlo pensar en voz alta, ya casi no lo escuchaba, pero esta cuestión del siglo XXI le interesó También ella había creído que el año 2000 y pico se vendría con grandes innovaciones, y también ella estaba un poco desilusionada porque consideraba que los cambios eran poca cosa.
Estaba el tema de los teléfonos inteligentes, eso sí. Y la internet. Eso sí. Pero pensaba que había algo de loco también en eso. Tanta comunicación y tanta dificultad para comunicarse, pensaba la sapa Evaristo. Tanto blablabla y tan poca capacidad para captar la esencia de las cosas, pensaba la sapa Evaristo. A veces ni siquiera tenía claro lo que pensaba el propio Evaristo, aunque él anduviera pensando en vos alta todo el día.
viernes, 28 de agosto de 2015
jueves, 16 de julio de 2015
En la playa del Río Tenebroso
Mateito se había dormido sobre una lona que mamá había puesto sobre las piedritas de la playa del Río Tenebroso.
Los tíos y mamá tomaban mate y papá y la abuela Ethel una gaseosa burbujeante.
Y Juan estaba en la orilla jugando a tirar piedritas que se hundían en el río una tras otras.
En ese momento el agua del río pareció abrirse justo debajo de la mano de Juan. Pero no era el agua del río la que se abría sino una boca enorme, rosada y verde.
Juan saltó hacia atrás y la boca volvió a hundirse en el agua como si nunca hubiera existido.
- Papá, papá - gritó Juan - un cocodrilo quiso comerme.
- No puede ser - contestó papá - en este río no hay cocodrilos. Es un río subterráneo que recorre los cenotes. No hay cocodrilos Juan. Aquí no hay ese tipo de ofidios.
Juan se quedó mirándolo porque papá sabía sobre casi todas las cosas del mundo. Pero el había visto al cocodrilo y hasta había sentido el aliento del ofidio, como papá llamaba a esos bichos.
Así que volvió asomarse a la orilla del río con toda precaución, y estaba ahí, mirando concentrado el agua oscura, cuando unos ojos verdes un poco fosforescentes aparecieron en el fondo.
- Son unos ojos más bien simpáticos - pensó Juan. Y metió la mano en el río para agitar un poco el agua. Los ojos parpaderaron y un movimiento súbito agito apenas el agua.
Juan movía la mano despacito y los ojos se acercaban, se acercaban. Ahora Juan veía su mano, el reflejo de su cara y los ojos viniendo despacito.
De pronto una boca empezó a abrirse pero Juan no tuvo miedo porque papá, que sabe casi de todo sobre el mundo le había dicho que no había cocodrilos en el río tenebroso.
La boca se abrió bien grande y se cerró, atrapando la mano de Juancito que asustadísimo sacó la mano del río, todavía adentro de esa boca rosa y verde Era como si hubiese pescado un enorme bicho con la mano, y el bicho resultó un sapo enorme y muy simpático.
Cuando el sapo recién pescado cayó justo en la falda mamá se oyó un grito espantoso y mamá Verónica se cayó redonda al piso.
- Es que mamá le tiene mucho miedo a los sapos . explicó papá Mateo a Juan. -Fobia, repitió Juan mientras acariciaba al sapo que estaba más asustado que mamá Vero. - Papá sabe de todo - pensaba Juan.
Y mientras tanto, Mateito, que se había despertado con el grito horroroso, estaba consolando a mamá, llenándola de besos.
Los tíos y mamá tomaban mate y papá y la abuela Ethel una gaseosa burbujeante.
Y Juan estaba en la orilla jugando a tirar piedritas que se hundían en el río una tras otras.
En ese momento el agua del río pareció abrirse justo debajo de la mano de Juan. Pero no era el agua del río la que se abría sino una boca enorme, rosada y verde.
Juan saltó hacia atrás y la boca volvió a hundirse en el agua como si nunca hubiera existido.
- Papá, papá - gritó Juan - un cocodrilo quiso comerme.
- No puede ser - contestó papá - en este río no hay cocodrilos. Es un río subterráneo que recorre los cenotes. No hay cocodrilos Juan. Aquí no hay ese tipo de ofidios.
Juan se quedó mirándolo porque papá sabía sobre casi todas las cosas del mundo. Pero el había visto al cocodrilo y hasta había sentido el aliento del ofidio, como papá llamaba a esos bichos.
Así que volvió asomarse a la orilla del río con toda precaución, y estaba ahí, mirando concentrado el agua oscura, cuando unos ojos verdes un poco fosforescentes aparecieron en el fondo.
- Son unos ojos más bien simpáticos - pensó Juan. Y metió la mano en el río para agitar un poco el agua. Los ojos parpaderaron y un movimiento súbito agito apenas el agua.
Juan movía la mano despacito y los ojos se acercaban, se acercaban. Ahora Juan veía su mano, el reflejo de su cara y los ojos viniendo despacito.
De pronto una boca empezó a abrirse pero Juan no tuvo miedo porque papá, que sabe casi de todo sobre el mundo le había dicho que no había cocodrilos en el río tenebroso.
La boca se abrió bien grande y se cerró, atrapando la mano de Juancito que asustadísimo sacó la mano del río, todavía adentro de esa boca rosa y verde Era como si hubiese pescado un enorme bicho con la mano, y el bicho resultó un sapo enorme y muy simpático.
Cuando el sapo recién pescado cayó justo en la falda mamá se oyó un grito espantoso y mamá Verónica se cayó redonda al piso.
- Es que mamá le tiene mucho miedo a los sapos . explicó papá Mateo a Juan. -Fobia, repitió Juan mientras acariciaba al sapo que estaba más asustado que mamá Vero. - Papá sabe de todo - pensaba Juan.
Y mientras tanto, Mateito, que se había despertado con el grito horroroso, estaba consolando a mamá, llenándola de besos.
lunes, 29 de junio de 2015
Las serpientes de luz y el Río Tenebroso
El hombre Buho se había llevado a mamá Vero y extendiendo sus alas gigantescas había entrado por la boca de la cueva que llevaba al Río Tenebroso.
El Río Tenebroso era un río veloz que corría por debajo de la tierra y conectaba las cuevas en las que vivían las mariposas gigantes, las brujas sin boca y los ídolos dorados.
Juan y Mateo decidieron ir a rescatar a mamá Vero en una canoa pequeñita. Tenían solamente dos remos, Juan un remo rojo y Mateo un remo azul, y valientemente entraron por la cueva en la que el Río subterráneo corría rápido y sonoro.
Pasaron muchas cosas en el Río Tenebroso y los chicos vivieron muchas aventuras, pero la aventura más aventurosa fue la que vivieron cuando entraron a la cueva de las serpientes de luz.
Juan y Mateo remaban muy rápido porque escuchaban la vos de mamá Vero que gritaba "Ayuda, Ayuda" pero a medida que avanzaban se internaban en una caverna cada vez más oscura y ya ni siquiera se veían el uno al otro.
- Vamos, vamos - gritaba Juan , y Mateo hundía el remo en el río con tanta fuerza que avanzaban a los saltos.
- Mamá, mamá - llamaba Mateo, y se escuchaba que a lo lejos mamá Vero gritaba - Aquí chicos, por aquí.
De pronto el río describió una curva muy cerrada y la oscuridad fue tan oscura que ya no veían absolutamente nada. Los chicos sintieron que la canoa chocaba contra una pared y el golpe fue tan fuerte que casi se da vuelta. Sin embargo Juan y Mateo usaron los remos y se alejaron de la pared de la caverna y de pronto todo se iluminó como si hubieran entrado dentro de un gran shopping.
Es que habían llegado a dónde viven las serpientes luminosas.
Enormes serpientes retorcidas hechas de luz dormían sobre las rocas y miles de serpientes luminosas nadaban en el agua e intentaban subirse a las canoas.
Mateo vió que una gran serpiente se enredaba en su remo y llamó a Juan que rápidamente la empujó con su remo y la hundió en el río hasta que la vió hundirse en la profundidad iluminando todo.
Los chicos remaban y remaban pero casi no podían avanzar entre las serpientes multicolores.
Parecía que nada iba a salvarlos.
De pronto vieron que el río se adentraba en un gran manglar en el que los árboles formaban una red cerrada como una canasta en la que las serpientes no podía entrar por miedo a no poder salir - Hacia los árboles - dijo Juan. -Hacia los árboles- gritó Mateo y remando al mismo tiempo lograron llegar a la red formada por los árboles.
- A bajar de la canoa y levantarls - dijo Juan . - A levantarla - gritó Mateo. Y agarrándose con fuerza de las ramas pudieron arrastrar la canoa y muy despacio llegar a la orilla.
Cuando llegaron a la orilla estaban tan cansados que tuvieron que tirarse a descansar. Veían a las serpientes retorcerse furiosas porque se habían escapado.
Pero no habían podido llegar a dónde el hombre Buho tenía a mamá Vero y la oían gritar - Ayuda, Ayuda.
Mateo se levantó rapidamente y comenzó a correr por la orilla del río, tropezando y levantándose mientras gritaba - Mamá, mamá.
Juan lo seguía un poco más atrás. De pronto vieron una gran puerta oscura y los dos, casi al mismo tiempo, la empujaron.
Ahí estaba mamá. El hombre Buho la tenía agarrada del pelo rubio con sus garras.
Juan y Mateo se dispusieron a luchar. Pero esa es otra historia.
jueves, 25 de junio de 2015
La bruja aventurera
No todas las brujas nacieron para andar preparando hechizos.
Ni todas las brujas nacieron para volar en escoba.
Ni todas las brujas nacieron para dedicarse a hacer maldades por el barrio.
Hay brujas que nacieron para dedicarse a la aventura y esas brujas son las brujas más peligrosas porque contra los aventureros no hay precaución que valga.
Esas son las brujas que viajan a países que nadie entiende. Las que duermen en colchones de un metro y medio de alto como si fueran las famosas princesas de garbanzo. Las que desprecian los tesoros escondidos al menos que puedan gastárselos legítimamente en cuatro cenas. Las que aprecian las historias inventados por otros pero no siempre tienen la voluntad de inventar historias propias, aunque cuando las inventan son historias fantásticas llenas de gente extraordinaria. Las que tienen escobas que no vuelan, como ya dije, pero que tampoco barren, a menos que sea estrictamente necesario. Las que compran plata en los bancos como otros compran bananas en el mercadito de la vuelta. Las que creen en la ensalada de rúcula más que en la polenta con queso quartirolo.
De ese tipo de brujas es la tía Claudia.
A veces cuesta mucho trabajo hablar con ella.
Es que está pero no está.
Es que cuando uno la está mirando desaparece y uno se queda hablando el fantasma de su presencia que queda impreso en el espacio diez minutos más que ella misma.
La tía Claudia es el tipo de bruja a la que no se le dan muy bien las fogatas ni los aquelarres. Es bruja de andar sola, curioseando cosas que a nadie le interesan.
Es que a la tía Claudia le cuesta involucrarse con las cosas humanas. Ella prefiere hablar de la mancha que dejan los hombres malos en la tierra y el quitamanchas adecuado para borrar la huella. Le gusta analizar el carácter del Papa, jefe de todos los católicos apostólicos romanos, pero cuando intuye que el hombre anda en asuntos tan terrestres como la diplomacia prefiere perdonarlo y olvidarlo.
Si Juan y Mateo necesitan a la tía Claudia bastará conque la llamen. Ella sin dudarlo apelará la magia de las tarjetas de crédito y en un abracadabra estará donde los chicos estén, dispuesta a ocuparse de a ratitos, en el tiempo libre que le dejan sus soledades.
Cuando los chicos crezcan la tendrán siempre cerca. Porque la tía Claudia tiene poderes enormes y no se le resisten ni los teléfonos presentes ni los que están por venir, tan prácticos que parecen pura telepatía.
Juan de a ratos la acompañará y a veces desaparecerá, igual que ella, perdido en el mundo inmaterial de las comunicaciones, mientras Mateo siempre estará escapando, igual que la tía misma, ejerciendo de vigilante solitario.
La tía Claudia es una bruja aventurera. Incómoda como todos los aventureros pero igual de entretenida.
Esas son las brujas que viajan a países que nadie entiende. Las que duermen en colchones de un metro y medio de alto como si fueran las famosas princesas de garbanzo. Las que desprecian los tesoros escondidos al menos que puedan gastárselos legítimamente en cuatro cenas. Las que aprecian las historias inventados por otros pero no siempre tienen la voluntad de inventar historias propias, aunque cuando las inventan son historias fantásticas llenas de gente extraordinaria. Las que tienen escobas que no vuelan, como ya dije, pero que tampoco barren, a menos que sea estrictamente necesario. Las que compran plata en los bancos como otros compran bananas en el mercadito de la vuelta. Las que creen en la ensalada de rúcula más que en la polenta con queso quartirolo.
De ese tipo de brujas es la tía Claudia.
A veces cuesta mucho trabajo hablar con ella.
Es que está pero no está.
Es que cuando uno la está mirando desaparece y uno se queda hablando el fantasma de su presencia que queda impreso en el espacio diez minutos más que ella misma.
La tía Claudia es el tipo de bruja a la que no se le dan muy bien las fogatas ni los aquelarres. Es bruja de andar sola, curioseando cosas que a nadie le interesan.
Es que a la tía Claudia le cuesta involucrarse con las cosas humanas. Ella prefiere hablar de la mancha que dejan los hombres malos en la tierra y el quitamanchas adecuado para borrar la huella. Le gusta analizar el carácter del Papa, jefe de todos los católicos apostólicos romanos, pero cuando intuye que el hombre anda en asuntos tan terrestres como la diplomacia prefiere perdonarlo y olvidarlo.
Si Juan y Mateo necesitan a la tía Claudia bastará conque la llamen. Ella sin dudarlo apelará la magia de las tarjetas de crédito y en un abracadabra estará donde los chicos estén, dispuesta a ocuparse de a ratitos, en el tiempo libre que le dejan sus soledades.
Cuando los chicos crezcan la tendrán siempre cerca. Porque la tía Claudia tiene poderes enormes y no se le resisten ni los teléfonos presentes ni los que están por venir, tan prácticos que parecen pura telepatía.
Juan de a ratos la acompañará y a veces desaparecerá, igual que ella, perdido en el mundo inmaterial de las comunicaciones, mientras Mateo siempre estará escapando, igual que la tía misma, ejerciendo de vigilante solitario.
La tía Claudia es una bruja aventurera. Incómoda como todos los aventureros pero igual de entretenida.
domingo, 24 de mayo de 2015
El río tenebroso y el ídolo de oro
Juan y Mateo acababan de escapar de la cueva de la mariposa gigante y remaban a toda velocidad por el Río Tenebroso adentrándose en un túnel de lo más oscuro y angosto para que la mariposa no pudiera alcanzarlos con sus patas peludas.
Habían visto como la mariposa se transformaba en una bruja que intentaba meter sus manos huesudas por la boca del túnel y por eso remaban con todas sus fuerzas, buscando alejarse.
Veían allí al fondo una luz muy fuerte y una estatua gigante de un dios Dorado.
- Es el Idolo de Oro - dijo Juan.
Y Mateo remó más fuerte con su remo de color rojo.
- El Idolo de Oro es el ídolo de los hombres jaguar y de los hombres buho, el Idolo de los hombre esqueleto y de las lagartijas mágicas.
- Debemos llegar hasta allí - gritó Juan - y en ese momento los niños sintieron que la corriente del río subterráneo empezaba a ser tan fuerte que el bote se lanzo hacia adelante como un caballito de río.
- Cuidado - gritó Mateo - cuando un gran bulto salió del agua en el camino del bote.
- Es un tapir gigante - gritó Juan mientras el bote daba vueltas atrapado en un remolino.
- A remar, a remar - gritaba Mateo - y los dos chicos remaron con fuerza hacia el Idolo de Oro que refulgía al fondo del túnel.
- Uno, dos, tres - gritaba Mateo
- Uno, dos, tres - gritaba Juan.
Estaban con los brazos doloridos de tanto remar, pero la fuerte corriente del río los ayudaba a acercarse al Idolo dorado.
Ya podían verlo de cerca. Era una estatua gigante de un hombre esqueleto de pié, con los brazos extendidos hacia los costados, como si fuesen a crecerle alas y en cualquier momento pudiera echarse a volar.
La estatua estaba en un islote en medio del río, un islote con arenas blancas e iluminado por el sol que entraba por un hueco que se abría allí en lo más alto del techo de una caverna enorme en la que había desembocado el túnel por el que venían navegando los chicos.
De pronto la corriente que venía llevándolos rápidamente se hizo lenta, como si hubiesen llegado al fondo de un lago.
El bote prácticamente se detuvo y Juan y Mateo se miraron, sin saber si debían o no avanzar hacia el islote.
Juan dijo - Vamos, tenemos que verlo de cerca. Y Mateo hundió en el agua su remo rojo y el bote se deslizó hacia adelante despacio, como deslizándose sobre aceite.
Y así, remando despacio, llegaron a la playa.
El primero en saltar del bote fue Mateo y empezó a tirar del bote hasta encallarlo.
Juan saltó después, un poco más precavido.
Caminaron uno al lado del otro hasta el ídolo de oro y cuando estuvieron muy cerca Juan estiró la mano para tocarlo.
...Y el Idolo de oro giró su cabeza de esqueleto y lo miró.
Una bandada de murciélagos bajó desde el techo de la cueva y los chicos sintieron que las alas peludas los rodeaban por todas partes.
- Huyamos- gritó Juan
- A correr - gritó Mateo
Pero no podían porque los murciélagos los rodeaban y no los dejaban moverse.
De pronto todo quedó inmovil, los murciélagos desaparecieron por un túnel y los chicos vieron que el Idolo de Oro los miraba, sentado cómodamente sobre una roca.
- Buenas tardes, niños - dijo el Idolo de Oro que como se darán cuenta decía niños y no chicos porque era un ídolo mexicano. - ¿Han venido a visitarme?-
Los dos chicos estaban asustadísimos y Mateo agarró fuerte su remo rojo, preparado para darle un remazo en la cabeza si fuera necesario.
- Somos los Sancho - dijo Juan - y estamos recorriendo el Río Tenebroso.
- Ahhhh - dijo el Idolo - ¿ y por qué quieren recorrerlo?
- Porque es horrible y es hermoso - dijo Juan.
- Porque es hermoso y es horrible - dijo Mateo.
- Porque está lleno de trampas increíbles - dijo Juan.
- Porque está lleno de seres increíbles - dijo Mateo.
- ¿Y si nunca pudieran salir? - preguntó el Idolo de Oro
- Papá y mamá y los tíos, y hasta la abuela Ethel (aunque es muy miedosa) vendrían a rescatarnos - dijo Juan.
...El Idolo de Oro los miró en silencio. Sus ojos dorados, tan dorados como los párpados y las pestañas y las manos y el cabello, sus ojos dorados miraron a los chicos y toda la caverna se iluminó como si un sol gigante se hubiese encendido. Se paró y en dos pasos estuvo junto a los chicos y los tomó de los brazos con mucha fuerza. Luego extendió sus alas doradas y se echó a volar.
Los chicos gritaban como locos mientras el Idolo volador los llevaba colgados de los brazos. Así, colgados, vieron el río subterráneo en toda su belleza.
Pasaban raudos entre las raíces asombrosas de los árboles, que bajaban hasta el río a buscar agua. Vieron una laguna de la que salían flores gigantescas y espantaron a los murciélagos dormidos de una cueva más oscura que la noche oscura. Volaron sobre los manglares y debajo de una selva verde, y por sobre las cabañas de los hombres jaguar y entre las mariposas de colores.
Y al fin el Idolo los soltó, justo al lado de su bote, y se despidió con un largo vuelo circular diciéndoles con su voz dorada de Idolo dorado unas palabras mágicas - LLamen con todas sus fuerzas a sus papás. Griten Papá, Mamá, porque los niños no deben andar solos por este tenebroso río lleno de espantosas trampas.
Y desapareció dejando a los niños totalmente a oscuras en una oscuridad tan tremenda que parecía hecha de algo sólido. No se veía absolutamente nada y en la oscuridad se escuchaba solamente el goteo del agua desde el techo y un gorgoteo como de animal rodeando que los rodeaba.
La oscuridad era tanta que aunque querían no se podían subir al bote y de pronto empezaron a sentir que algo les tocaba las pies bajo el agua. Algo resbaloso y frío como si peces o serpientes los estuvieran rondando.
- Mamá, Papá. vengan a buscarnos - gritó Juan. - Papá, mamá gritó Matea.
Pero todo estaba muy oscuro y quieto y Mamá y Papá no llegaban.
- Mamá, Papá - gritaban los dos chicos y papá y mamá no llegaban.
Y cuando ya estaban a punto de echarse a llorar sintieron que alguien venía chapoteando por el río.
Era un chapoteo muy fuerte acompañado de una voz muy alta que gritaba - Juan, Mateo, Mateo, Juan. Era la voz de la abuela Ethel.
Y junto con la voz de la abuela Ethel apareció la mismísima abuela, chapoteando con un chalecos salvavidas y con una linterna poderosa en la mano.
Los chicos empezaron a llamarla y la abuela se dirigió hacia ellos lo más rápidamente que podía.
Así, ayudados por la luz de la linterna los chicos pudieron subir al bote.
Pero la abuela no pudo subir y Juan y Mateo tuvieron que llevarla a remolque por el Río remando con todas sus fuerzas.
Mateo llevaba la linterna entre sus dientes mientr- as Juan cantaba fuerte una canción de marineros para que la abuela se distrajera y dejara de chillar, porque la abuela es un poco miedosa y el río le daba mucho miedo.
Así, poco a poco, salieron de la parte más oscura del río y entraron en un zenote lleno de luz.
Y allí estaba el resto de familia, todos muy tranquilos tomando la merienda.
- Ahí vienen los chicos - dijo Papá - y se preparó a sacarlos del cenote.
- Y la abuela - dijo mamá.
Mateo y Juan estaban muy contentos de ver a sus papás y cuando estuvieron en la orilla, sanos y salvos, les contaron la asombrosa historia del Ídolo de Oro, el que les había aconsejado no alejarse nunca de los mayores, porque el río, sí señores, ese hermoso río subterráneo está muy lleno de unas terribles trampas.
Habían visto como la mariposa se transformaba en una bruja que intentaba meter sus manos huesudas por la boca del túnel y por eso remaban con todas sus fuerzas, buscando alejarse.
Veían allí al fondo una luz muy fuerte y una estatua gigante de un dios Dorado.
- Es el Idolo de Oro - dijo Juan.
Y Mateo remó más fuerte con su remo de color rojo.
- El Idolo de Oro es el ídolo de los hombres jaguar y de los hombres buho, el Idolo de los hombre esqueleto y de las lagartijas mágicas.
- Debemos llegar hasta allí - gritó Juan - y en ese momento los niños sintieron que la corriente del río subterráneo empezaba a ser tan fuerte que el bote se lanzo hacia adelante como un caballito de río.
- Cuidado - gritó Mateo - cuando un gran bulto salió del agua en el camino del bote.
- Es un tapir gigante - gritó Juan mientras el bote daba vueltas atrapado en un remolino.
- A remar, a remar - gritaba Mateo - y los dos chicos remaron con fuerza hacia el Idolo de Oro que refulgía al fondo del túnel.
- Uno, dos, tres - gritaba Mateo
- Uno, dos, tres - gritaba Juan.
Estaban con los brazos doloridos de tanto remar, pero la fuerte corriente del río los ayudaba a acercarse al Idolo dorado.
Ya podían verlo de cerca. Era una estatua gigante de un hombre esqueleto de pié, con los brazos extendidos hacia los costados, como si fuesen a crecerle alas y en cualquier momento pudiera echarse a volar.
La estatua estaba en un islote en medio del río, un islote con arenas blancas e iluminado por el sol que entraba por un hueco que se abría allí en lo más alto del techo de una caverna enorme en la que había desembocado el túnel por el que venían navegando los chicos.
De pronto la corriente que venía llevándolos rápidamente se hizo lenta, como si hubiesen llegado al fondo de un lago.
El bote prácticamente se detuvo y Juan y Mateo se miraron, sin saber si debían o no avanzar hacia el islote.
Juan dijo - Vamos, tenemos que verlo de cerca. Y Mateo hundió en el agua su remo rojo y el bote se deslizó hacia adelante despacio, como deslizándose sobre aceite.
Y así, remando despacio, llegaron a la playa.
El primero en saltar del bote fue Mateo y empezó a tirar del bote hasta encallarlo.
Juan saltó después, un poco más precavido.
Caminaron uno al lado del otro hasta el ídolo de oro y cuando estuvieron muy cerca Juan estiró la mano para tocarlo.
...Y el Idolo de oro giró su cabeza de esqueleto y lo miró.
Una bandada de murciélagos bajó desde el techo de la cueva y los chicos sintieron que las alas peludas los rodeaban por todas partes.
- Huyamos- gritó Juan
- A correr - gritó Mateo
Pero no podían porque los murciélagos los rodeaban y no los dejaban moverse.
De pronto todo quedó inmovil, los murciélagos desaparecieron por un túnel y los chicos vieron que el Idolo de Oro los miraba, sentado cómodamente sobre una roca.
- Buenas tardes, niños - dijo el Idolo de Oro que como se darán cuenta decía niños y no chicos porque era un ídolo mexicano. - ¿Han venido a visitarme?-
Los dos chicos estaban asustadísimos y Mateo agarró fuerte su remo rojo, preparado para darle un remazo en la cabeza si fuera necesario.
- Somos los Sancho - dijo Juan - y estamos recorriendo el Río Tenebroso.
- Ahhhh - dijo el Idolo - ¿ y por qué quieren recorrerlo?
- Porque es horrible y es hermoso - dijo Juan.
- Porque es hermoso y es horrible - dijo Mateo.
- Porque está lleno de trampas increíbles - dijo Juan.
- Porque está lleno de seres increíbles - dijo Mateo.
- ¿Y si nunca pudieran salir? - preguntó el Idolo de Oro
- Papá y mamá y los tíos, y hasta la abuela Ethel (aunque es muy miedosa) vendrían a rescatarnos - dijo Juan.
...El Idolo de Oro los miró en silencio. Sus ojos dorados, tan dorados como los párpados y las pestañas y las manos y el cabello, sus ojos dorados miraron a los chicos y toda la caverna se iluminó como si un sol gigante se hubiese encendido. Se paró y en dos pasos estuvo junto a los chicos y los tomó de los brazos con mucha fuerza. Luego extendió sus alas doradas y se echó a volar.
Los chicos gritaban como locos mientras el Idolo volador los llevaba colgados de los brazos. Así, colgados, vieron el río subterráneo en toda su belleza.
Pasaban raudos entre las raíces asombrosas de los árboles, que bajaban hasta el río a buscar agua. Vieron una laguna de la que salían flores gigantescas y espantaron a los murciélagos dormidos de una cueva más oscura que la noche oscura. Volaron sobre los manglares y debajo de una selva verde, y por sobre las cabañas de los hombres jaguar y entre las mariposas de colores.
Y al fin el Idolo los soltó, justo al lado de su bote, y se despidió con un largo vuelo circular diciéndoles con su voz dorada de Idolo dorado unas palabras mágicas - LLamen con todas sus fuerzas a sus papás. Griten Papá, Mamá, porque los niños no deben andar solos por este tenebroso río lleno de espantosas trampas.
Y desapareció dejando a los niños totalmente a oscuras en una oscuridad tan tremenda que parecía hecha de algo sólido. No se veía absolutamente nada y en la oscuridad se escuchaba solamente el goteo del agua desde el techo y un gorgoteo como de animal rodeando que los rodeaba.
La oscuridad era tanta que aunque querían no se podían subir al bote y de pronto empezaron a sentir que algo les tocaba las pies bajo el agua. Algo resbaloso y frío como si peces o serpientes los estuvieran rondando.
- Mamá, Papá. vengan a buscarnos - gritó Juan. - Papá, mamá gritó Matea.
Pero todo estaba muy oscuro y quieto y Mamá y Papá no llegaban.
- Mamá, Papá - gritaban los dos chicos y papá y mamá no llegaban.
Y cuando ya estaban a punto de echarse a llorar sintieron que alguien venía chapoteando por el río.
Era un chapoteo muy fuerte acompañado de una voz muy alta que gritaba - Juan, Mateo, Mateo, Juan. Era la voz de la abuela Ethel.
Y junto con la voz de la abuela Ethel apareció la mismísima abuela, chapoteando con un chalecos salvavidas y con una linterna poderosa en la mano.
Los chicos empezaron a llamarla y la abuela se dirigió hacia ellos lo más rápidamente que podía.
Así, ayudados por la luz de la linterna los chicos pudieron subir al bote.
Pero la abuela no pudo subir y Juan y Mateo tuvieron que llevarla a remolque por el Río remando con todas sus fuerzas.
Mateo llevaba la linterna entre sus dientes mientr- as Juan cantaba fuerte una canción de marineros para que la abuela se distrajera y dejara de chillar, porque la abuela es un poco miedosa y el río le daba mucho miedo.
Así, poco a poco, salieron de la parte más oscura del río y entraron en un zenote lleno de luz.
Y allí estaba el resto de familia, todos muy tranquilos tomando la merienda.
- Ahí vienen los chicos - dijo Papá - y se preparó a sacarlos del cenote.
- Y la abuela - dijo mamá.
Mateo y Juan estaban muy contentos de ver a sus papás y cuando estuvieron en la orilla, sanos y salvos, les contaron la asombrosa historia del Ídolo de Oro, el que les había aconsejado no alejarse nunca de los mayores, porque el río, sí señores, ese hermoso río subterráneo está muy lleno de unas terribles trampas.
viernes, 8 de mayo de 2015
En canoa por el Río Tenebroso
Juan María y Mateo llegaron en canoa al Río Tenebroso.
Venían navegando desde hacía un rato largo, remando y remando con unos remos rojos y azules.
Juan remaba con remos azules y Mateo con remos rojos y entraron al Río Tenebroso rápidamente, llevados por la corriente.
El Río Tenebroso era muy subterráneo y corría por debajo de la tierra, recorriendo cavernas y más cavernas y pasando de tanto en tanto por cañadones estrechos.
Pronto vieron la cueva de los murciélagos, todos colgados cabeza para abajo, envueltos en sus alas de terciopelo, dormidos, porque era de día y de día los murciélagos duermen.
Remaban a toda velocidad pero mirando de vez en cuando para arriba, porque si bien los murciélagos estaban bien prendiditos al techo de la cueva con sus patitas pegajosas, pensaban que por ahí, en una de esas algún murciélago les caería sobre las cabezas.
Así, remando remando, llegaron a la gran cueva de las mariposas en la que entraba el sol a raudales por un hueco abierto en la tierra.
Y por el hueco bajaban unas mariposas gigantes que nacían de unas larvas redondas y marrones que dormían en las paredes rugosas.
Y entonces una mariposa enorme se acercó a la canoa y con sus patitas peludas agarró a Mateo del pelo rubio y lo arrancó de la canoa y se lo llevó.
Juan empezó a gritar como loco y con su remo azul trataba de pegarle a la mariposa para obligarla a soltar a Mateo, pero pronto la mariposa se elevó hasta el techo de la enorme cueva y se posó en el borde del agujero por el que entraba el sol.
Juan se quedó solo, con mucho miedo pero de pronto sintió que se llenaba de valentía y comenzó a gritar llamándolo a Mateo que entre las patas de la mariposa gigante trataba de librarse y escapar.
Fue entonces cuando entró el hombre Buho atraído por los gritos de los chicos y volando con sus grandes alas pardas se acercó a Juan, que ni lerdo ni perezoso estiró sus brazos y se le colgó de un ala y le gritó - Ayúdame, Mateo está en peligro.
El hombre Buho ululando fieramente se elevó hasta el hueco que se abría en el techo y juntos, Juan y el hombre Buho volaron a rescatar a Mateo de las garras de la mariposa gigante. Mateo los ayudó mordiendo a la mariposa en su pata peluda y cuando la mariposa lo soltó el hombre Buho lo tomó de una pierna y Juan de una mano, y así, volando todos despatarrados llegaron los tres hasta le canoa en las que el hombre buho se posó con toda delicadeza.
Para salir de la peligrosa cueva de las mariposas el hombre buho los empujó con todas sus fuerzas y Mateo y Juan remaron a toda velocidad.
Estaban entrando por un pequeño hueco en el que la gran mariposa maligna no podía alcanzarlos. Cuando los chicos miraron para atrás vieron a la gran mariposa que entre gritos estridentes y rayos de colores se convertía en una bruja horrible que intentaba alargaba sus brazos para atraparlos entre sus dedos de esqueleto sin poder alcanzarlos.
El Río Tenebroso se llenó de sombras y allí al fondo, iluminado como un sol, los chicos vieron un Idolo de Oro.
El hombre Buho voló en la oscuridad y los chicos volvieron a quedarse en el río remando despacito para no despertar a los murciélagos.
Venían navegando desde hacía un rato largo, remando y remando con unos remos rojos y azules.
Juan remaba con remos azules y Mateo con remos rojos y entraron al Río Tenebroso rápidamente, llevados por la corriente.
El Río Tenebroso era muy subterráneo y corría por debajo de la tierra, recorriendo cavernas y más cavernas y pasando de tanto en tanto por cañadones estrechos.
Pronto vieron la cueva de los murciélagos, todos colgados cabeza para abajo, envueltos en sus alas de terciopelo, dormidos, porque era de día y de día los murciélagos duermen.
Remaban a toda velocidad pero mirando de vez en cuando para arriba, porque si bien los murciélagos estaban bien prendiditos al techo de la cueva con sus patitas pegajosas, pensaban que por ahí, en una de esas algún murciélago les caería sobre las cabezas.
Así, remando remando, llegaron a la gran cueva de las mariposas en la que entraba el sol a raudales por un hueco abierto en la tierra.
Y por el hueco bajaban unas mariposas gigantes que nacían de unas larvas redondas y marrones que dormían en las paredes rugosas.
Y entonces una mariposa enorme se acercó a la canoa y con sus patitas peludas agarró a Mateo del pelo rubio y lo arrancó de la canoa y se lo llevó.
Juan empezó a gritar como loco y con su remo azul trataba de pegarle a la mariposa para obligarla a soltar a Mateo, pero pronto la mariposa se elevó hasta el techo de la enorme cueva y se posó en el borde del agujero por el que entraba el sol.
Juan se quedó solo, con mucho miedo pero de pronto sintió que se llenaba de valentía y comenzó a gritar llamándolo a Mateo que entre las patas de la mariposa gigante trataba de librarse y escapar.
Fue entonces cuando entró el hombre Buho atraído por los gritos de los chicos y volando con sus grandes alas pardas se acercó a Juan, que ni lerdo ni perezoso estiró sus brazos y se le colgó de un ala y le gritó - Ayúdame, Mateo está en peligro.
El hombre Buho ululando fieramente se elevó hasta el hueco que se abría en el techo y juntos, Juan y el hombre Buho volaron a rescatar a Mateo de las garras de la mariposa gigante. Mateo los ayudó mordiendo a la mariposa en su pata peluda y cuando la mariposa lo soltó el hombre Buho lo tomó de una pierna y Juan de una mano, y así, volando todos despatarrados llegaron los tres hasta le canoa en las que el hombre buho se posó con toda delicadeza.
Para salir de la peligrosa cueva de las mariposas el hombre buho los empujó con todas sus fuerzas y Mateo y Juan remaron a toda velocidad.
Estaban entrando por un pequeño hueco en el que la gran mariposa maligna no podía alcanzarlos. Cuando los chicos miraron para atrás vieron a la gran mariposa que entre gritos estridentes y rayos de colores se convertía en una bruja horrible que intentaba alargaba sus brazos para atraparlos entre sus dedos de esqueleto sin poder alcanzarlos.
El Río Tenebroso se llenó de sombras y allí al fondo, iluminado como un sol, los chicos vieron un Idolo de Oro.
El hombre Buho voló en la oscuridad y los chicos volvieron a quedarse en el río remando despacito para no despertar a los murciélagos.
Entrada al Río Tenebroso
Había una vez un Río Tenebroso.
Empezaba debajo de una piedrita azul, casi negra, y de puro andar goteando se convertía en un río enorme que corría oculto debajo de la tierra.
Para entrar al Río Tenebroso Juan María y Mateo tuvieron que caminar mucho, pero mucho, en medio de la jungla baja y cerrada.
Hasta que encontraron una caverna de la que salía un sonido de agua que corría y allí entraron.
Empezaba debajo de una piedrita azul, casi negra, y de puro andar goteando se convertía en un río enorme que corría oculto debajo de la tierra.
Para entrar al Río Tenebroso Juan María y Mateo tuvieron que caminar mucho, pero mucho, en medio de la jungla baja y cerrada.
Hasta que encontraron una caverna de la que salía un sonido de agua que corría y allí entraron.
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